martes, 26 de junio de 2012

Cuentos cortos: IV

Las penas del Vigía


Dentro de todo el atardecer es más compasivo. Con sus anaranjados, presagia luz. Risas, vida.
Pero acá la noche es cruel. Sus silencios repetitivos quiebran las hebras de mi cordura. El frío mece las hojas, que burlonamente me insinúan que conocen la verdad: que me aterro con su vaivén. Ellas lo saben, inhóspitas siguen su asqueroso ritual. Y yo, yo ruego que alguna señal distorsione estos delirios insistentes. Repetitivos, como sus silencios. Nada, la pura oscuridad. La vaga idea de la explosión lejana, como relámpagos, como truenos del mal, destruyen mi ser: Mi cordura.

A lo lejos rechazo toda idea de futuro. La infinitud del mar violeta no deja huella de humanidad. La demencia tiene color, y es negro violáceo, como el repugnante mar. ¿Qué es hermoso? Solo un ciego puede ver a una cuenca de especies salvajes, de demonios con branquias atisbando sus extremidades apenas sobre la superficie rectilínea que Dios me oiga no creó, de agua contaminada con sal, con mortífera sal, de tanta superficie inhabitable, como algo precioso. Solo un ciego... Si me creyeran... Solo un ciego. O un sordo. Porque el mar no es mudo: No lo es. Ojalá lo fuera. Ojalá no oyera sus chillidos como gritos de criaturas que pronuncian, vociferan entre dientes. Solo un ciego...

Quien vive a la orilla del mar desde niño conoce la noble verdad. La muerte es solo un acontecimiento mas. Como una ola. Es negrura, como si entraras a nadar en el mar. Irónicamente le temo aunque la conozco de siempre, los santos cantarán mi nombre con susurros eternos mientras subo las escaleras del fin. Ése es mi sueño, que me devuelvan el favor despues de haberlo cuidado tanto. Repugnante mar...



E inmerso en mi charla logré notar que el extranjero se compadecía de mí. Con la idea clara de haber entendido mis sentimientos, y considerandolos tan inferiores como para reducirlos a anécdotas de vacaciones al volver a la ciudad. Nunca me llevé bien con los sentimientos de ira. Son, y perdón que insista, como el mar. Arrasan vorazmente todo vestigio de celosa racionalidad que con orgullo enarbolo.

La charla llegaba a su punto cúlmine, lo sé. Pero eso no me consuela. Miro por la ventana y los arbustos siguen burlandose de mi con sus bailes del diablo. Como si no lo supiera. Acaricio la madera astillosa e intento herirme y lo logro: Deseo sentirme humano de alguna manera. Todavía tengo dolor, mis manos hinchadas sangran en un profundo y silencioso llanto. Me miran apenadas con caras lastimeras, pero ellas han pecado. Y es que estas mismas manos, y sin haberselo propuesto, despacio, como disfrutando el exquisito sabor de la tortura, han pecado. He desfigurado el cuerpo de éste pobre cristiano. Que en paz descanse. Que en solemne paz descanse. Y como soy hombre de costumbres y de respetos, no le entregaría el cuerpo al maldito oceano que a lo lejos me sonríe y me guiña, pidiendome el honor de devorar una víctima mas.

Ahora suscito la calma. Sentado en la silla atajo mi cabeza con las manos. Me dejo llevar por la paz del silencio. Aunque me vea el rostro puntiagudo en el charco de sangre desprendido en el suelo, aún conservo la paz, como un gran secreto que nadie puede arrebatarme. Este torreón lo levanté con mis manos, y ellas deciden con precisión el porvenir de todo ser que lo pise.

...

Aquí no ha pasado nada, y es que ser vigía, me concede el poder de decidir los eventos sobre estas tierras, que Dios me ha consagrado poseedor. Rio como un demente por última vez mirando al iracundo ario y volteo para cocinarme algo, porque tantas penas, me dio hambre. Rallo como último pensamiento con un cuchillo desafilado sobre la ya desgarrada piel del fiambre:

"Dios no creó objetos recitlíneos, el mar fue obra del diablo"

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