miércoles, 21 de octubre de 2009

Cuentos cortos: I y II

I

― ¡Secador de mierda, justo ahora va a dejar de andar! ―Cecilia, acalorada en un análisis sobre si su vida, en vez de basarse en las reglas tradicionales que bien supo aprender de chica, en la primaria, tales como los pecados capitales, los diez mandamientos, y demás maneras de reprimir elegantemente a una persona; se basaba sobre las leyes de Murfy. Si total, cuantos ciudadanos respetables, de sangre caliente y cristianos, usaban este argumento de moda como crítica moderna a sus vidas modernas en un mundo contemporáneo.

Todo le salía mal esa mañana. Al apoyar los pies en el piso, notó iracunda que sus pantuflas no se encontraban allí, y que en vez de eso, un líquido esparcido sobre la alfombra humedecida anunciaba un encontronazo con su mascota, Fluffy.

Tras muchos insultos infundamentados, debido a que ninguna referencia a la carencia psico-racional es atribuíble a un perro, volvió a ensimismarse sobre el odio producido esa mañana al ver como un hilo de leche procedente de la parte inferior de la heladera, terminaba en un charco espectacular en torno a la única rejilla.

―¡La puta madre! ¡La puta madre! ―Ya perdiendo el objetivo, el "target" al cual insultaba, utilizando desde la vaca productora de dicha leche, hasta el desafortunado que había colocado indiferentemente el envase en una posición propensa a perder el equilibrio y derramar, como asi fue, su líquido contenido en él.

No mejoró su estado de humor al ver su pelo en el espejo. En los días de lluvia se encontraba voluminoso. Esto la enervaba aún más.

Tanteó la pared a ciegas ya que el estudio se encontraba muy oscuro. En el camino al interruptor, la mano golpeó el viejo modular de los libros, quebrandole una uña y manchando algunos libros con sangre. Su irreproducible ira la hizo romper en lágrimas. Afuera lloviendo, el día tampoco invitaba a salir. Envidió a Fluffy el tener que quedarse, apoyando la cabeza en su camita de algodón.

Pero un relámpago la hizo ver contra una ventana. La epifanía lumínica la hizo mostrarse a sí misma como un ser irracional, maldiciendo fantasmas.

No quería permanecer un segundo más en su casa. Agarró su cepillo de dientes, la pasta dental y un paraguas; las colocó en la cartera; y llevándose esta, se dirigió hacia el vestíbulo final en donde se encontraba la puerta de salida a la calle.

Abrió la puerta. Se detuvo a mirar la lluvia. Las gotas se colgaban de los cables y tardaba unos instantes en caer, cuando finalmente cesaban de amacarse. Esto le pareció gracioso. Y se le ocurrió que el cielo escondía un gran secreto que nadie sabía. Se le ocurrió que las cirscunstancias estaban condicionadas a la percepción que uno tuviera. A su interpretación. Y con todo esto, pisó un charco que mojó totalmente hasta la parte de la canilla su pantalón, y sus gotas, la zona de la rodilla, puteó en alemán, y, despreciando a dos linyeras acostados en la vereda que se abrigaban de la lluvia gracias a un ciprés (también tapados con diarios y cartones), partió hacia la inmobiliaria a cobrar los alquileres; convencida de que, hoy, Dios había sido cruel con ella.









II

Necesito un café. En mi oficina somos todos unos pelotudos. Así nos definimos. Exhortamos a que nos exploten, a que nos desincentiven; a que nos boludeen.

El tiempo no pasa más. Soy una aguja dando vueltas, estoy mareado. La ventana me invita a que la salte y salga a jugar con los perros. Entre la caca, dando vueltas, besando las piedras que quizás corten mis labios.

Necesito un café. Todos necesitamos uno.

Este lugar es cada vez mas chico. Antes los escritorios estaban separados de unos 2 metros y a su vez, cada grupo de 6 escritorios, de 6 o 7 metros de los otros grupos. Hoy en día tenemos escritorios uno arriba del otro. A veces hasta 3 encima. Son escritorios marineros según nos dijeron; y que estas técnicas de usan en "el Japón" y que bla bla bla, y más bla bla bla pero esta vez con v corta: vla vla vla. Es menos monótono.

Cuando el que se sienta en uno de los escritorios mas altos, casi rozando el techo, con un catalejo hecho por nosotros con vasitos de telgopor anuncia: "el café está listo", yo me disparo. Y sí, esta vez me disparo. Paso por arriba de la gente sentada, pateo laptops y tazas con café con leche, caras y sus respectivos anteojos, manos abultadas de anillos y sus respectivos dueños. Pateo todo. Es una manera de expresión.

Llego a la cocina. Una señora se está sirviendo café. No lo dudo, me vine preparado con un termo bajo el brazo: mi papá era uruguayo. Le vacío el termo en la crisma, mientras con otra mano la sujeto del pelo para evitar que le sea posible esquivar el manantial de agua hirviendo que agresivamente reseca la piel a velocidades insospechables.

Pero me vine más preparado aún; mi mamá era francesa: Al gritar desaforadamente en busca de ayuda, utilizo el orificio abierto que deja, por el cual prolonga su aullido, y le introduzco una baguette de pan. Un poco para que se calle y otro poco para dejarla fuera de combate.
Un hombre con atuendos de cura párroco se me acerca con una abrochadora de papel e intenta hacerme daño. Lo golpeo con todas mis fuerzas en una costilla flotante, con intención de lograr su inmediata flexión hasta el punto de fatiga. Lo logro. A su socorro se suma el derrochamiento (inútil) de sangre. Pensar que mucha gente muere por falta de esta.

Los gritos de este señor alertan al hombre que oficia por el orden y seguridad de todos nosotros. Pero se apresura demasiado para mi gusto. Ya levanta una especie de palo relleno con arena u otro material como bien podría ser canto rodado, y con él, jajaja, y con él... cuesta decirlo: ¡ intenta escarmentarme ! Quizás me ensañé mucho con sus testículos. En fin, fuera de combate, una cuarta persona entra a la cocina. Pero, ningún improvisado.
Este último termina por fin con mi caos.

Aún huelo el olor a café, y aunque tenga restos de loza incisivos incrustados en mi cabeza, y mi cabello dorado se haya teñido de rojo, respeto a aquél hombre. Porque me enseñó que siempre, siempre, gana el mas fuerte.

lunes, 5 de octubre de 2009

Si ella me esperara

Si me esperaras, convierto la rosa
en un sueño.
En una cadencia distinta.
Sin veneno.

Si me esperas, también la veo
morena y tibia.
Con unos ojos que profesan
lascivia.

Si me esperaras, no me importa el granizo,
ni la lluvia.
Todo me parece lo mismo,
dulzura.

Si me esperas, un beso puede decir
lo que yo no.
Me reiría si sus labios
la delataran.

Si me esperaras la noche mas oscura
se aclara.
Al mirar el cielo lo tiñes
con tu pintura.

Si me esperas seré franco,
reviviríamos un momento al azar.
Ese dulce beso en un banco
que alguna vez nos supimos dar.