martes, 11 de noviembre de 2008

Asamblea vegetal y animal





Llovía. Detrás de unas puertas corroídas que en algún momento habían servido de entrada y salida de la casa de ladrillos blancos... aquellas piezas de metal oxidadas eran el refugio del diluvio amenazador. Apoyadas en la pared, detenían agua, viento y frío. En parte; todo no se podía. Pero ese fue el lugar... elegido con meses de anterioridad.
Un huequito en la tierra, y una perra negra de ojos marrones dando a luz a sus pequeños. Iban saliendo de a uno, y a medida que los cuerpos calentitos mansamente buscaban el suyo, los lamía y los ubicaba cerquita de sí, para ayudarlos en la difícil de tarea de sobrevivir. El primero, malevo, luego salió milina, un poco mas delgada que los demas. Al rato y bien gordito, fragata. Aunque daba la impresión que si por ella fuera, adentro se quedaría, salió dodi.
La madre solo se detuvo para contemplarlos. Sus ojos cerrados, los cuerpos tímidamente temblorosos, indefensos, buscando satisfacer el primer apetito. No pudo no verlos nuevamente, se detuvo a lamerlos y a cabecearlos dulcemente para ayudarlos a acercarse a la teta.
Todos comían ahora, todos chillaban y todos temblaban. El frío era cruel con ellos, ajenaba todo hálito tibio. Raspaba con su pelaje, con sus hocicos y sus orejas, frías como la nieve, temblaban al compás de sus diminutas patitas rosadas.
De repente, dos estruendos. Uno acompañado con luz plateada, se reflejó en las pupilas desafiantes de la protectora guardiana. Se dispondría a pelear con el mismísimo Tlaloc. Nada. Fue solo luz. Al instante, una chapa no resistió el tifón y falleció asustando a los pequeños canes.
Solo insistentes lamidas comprensivas calmaron el miedo. Ahora había nacido otro problema. El viento que se colaba por la abertura que la traicionera puerta había liberado. Se acurrucaron más, los unos con los otros, mucho más, hacía fuerza la madre, presión, fuerza, se ovillaba, ellos más apretados. Rechinaban los dientes, fuertemente ajustados. Cerraron los ojos, se confundían, no sabían si dormían o solo resistían. El aire acuchillaba el cuero y pelaje como una daga. Sin compasión. Ellos callados comenzaron a comprenderlo...
Y así, las horas amenazaban con perecer. El filo del endemoniado aire que entumecía su inmadurísima y joven piel, ya era costumbre. Horas más, minutos más, todo negro, se veían a lo lejos los charcos, los relámpagos. Y el constante sonido de la noche lluviosa. Los árboles bailaban al son de un carnaval. Un rito milagroso, vital, pero mortal y lúgubre para esas criaturas. Milagro... milagro de vida o de muerte que se mecía oscilante, intentando llevarse consigo a uno de sus cachorro en sus propias fauces. El esfuerzo era en vano. Estaban a la merced de la naturaleza. Una última mirada suplicadora al cielo, a la infinita negrura que no terminaba en metros mas allá de la reja. A los verdes seres, contentos casi con sorna de su sufrimiento. Y esperar, con los ojos cerrados y los dientes apretados.

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Todo había pasado. Se sentía el ambiente nuevamente seco. El sol secaba cariñosamente la humedad de las paredes y sus cuerpos entumecidos. La madre alzó la cabeza para encandilarse con la luz solar. Todo había terminado, la tormenta había cesado. Se levantó para ubicar a sus pequeñas réplicas con manchas blancas. Con la lengua procuró despertarlos. Fragata chilló de alegría y reptó como sus patitas le permitieron hasta lo más cercano a su madre. Milina inmóvil, dio señales de debilidad, movió su cabecita y aunque le costó más, se acercó a ella. Malevo ya estaba caminando hasta su madre, incluso antes de la lengüeteada propinada. Dodi no respondía. Hizo 3 intentos más, la movió con el hocico, la dio vuelta. Le espetó nuevamente con un golpe. Nada. Solo pudo correrla a un lado con un gran dolor y ocuparse de sus hermanos. El invierno había tenido su trofeo.

Pasaron los meses, y los meninos eran cachorros juguetones irrumpiendo toda tranquilidad. El ceibo los miraba celoso revolcarse mientras el viento solo podía moverlo para los costados. Los perritos solo sentían que cada pequeña porción de tierra, cada pequeño ser cascarudo que escarbaba la tierra, cada pétalo volador, danzante nato en el aire; era teñido sin permiso por un armonioso y tibio rayo de sol. Ellos ya distinguían los matices que éstos plasmaban en cada cuerpo.
La mamá sólo los interrumpía a la hora de comer, en donde organizados e impacientes, tomaban la leche materna de los botones de su vientre. ¡Qué satisfacción verlos correr sanamente por el patio! ¡Que gratificada se sentía por la madre naturaleza al darle éste regalo!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

hola dani...no me atrevo a emitir comentario alguno, tal vez te lo transmita a vos si hablamos.
Al menos podes saber que lo lei...
bechios..

Lulet (@julialetras) dijo...

Acá vengo a poner el gancho!

=P

tate-mate dijo...

alee ya lo lei! aunk no lo creas m movio cosas por dentro...m gusta como estas escribiendo, cuando cuelgues algo avisame! un abrazo!

Electro Blue dijo...

Muy bueno eh! me recuarda a cundo yo escribia pero eso ya es otro tema jaja...

saludos!

Gonzalo dijo...

muy bueno! hacia rato qe no leia algo tuyo!! me gusto! :)
hablamos loquita! :P